sábado, 24 de mayo de 2008

Sobrelatumba

Llegó el Juicio Final para esculpir en sus torcidas caras la fealdad de las monedas falsas. Solo en las conciencias de los inocentes, quedó grabado en sangre, la culpa de los culpables. Y en su lápida quedó así escrito: "¡Jamás te olvidaremos!"
Amén

Don Ángel

Postguerra.


En el publo aquel había un solo colegio. Era una habitación grande y destartalada que alguna vez había sido pintada de azul claro. Pero entre la suciedad y los desconchones, ya no se sabía distinguir el color. Su techo, con mas de una gotera, dejaba sonar el eco de las gotas de agua que caían sobre un cubo de metal, cuando llovía. El maestro, un hombre de mediana edad y medianas ideas, enjuto y serio, con un puntero en la mano, mas para pegar que para apuntar a la pizarra, hablaba con monótona voz a los pocos niños que, hambrientos, descalzos y con piojos, "tenían la suerte de ir a la escuela" y sentarse en aquellos miserables bancos de madera con pupitre adosado. El salario de don Angel no era paralelo al cielo tampoco, por lo que su raído traje, lo hacía mantenerse derecho para no arrugarlo mas de lo que era posible en su estado de uso. Cuando terminaban las clases, salían los niños corriendo y gritando bajo el sol de la mañana. El único calor que recibían en el invierno. En "la monda" robaban del lomo de los mulos, algunas cañas dulces, para chupar y...¡Hasta mañana si Dios quiere, don Angel!